jueves, 23 de marzo de 2017

El hombre al que le quería follar todo el mundo


 Estoy empezando a escribir mis memorias. Lástima que el resto del mundo no deje testimonio de su existencia. Debe ser porque no tienen nada que contar. Sus vidas se deslizan por el  tobogán de lo real directos a la nada. No hay vuelta atrás.A mí, por suerte, me suceden continuamente cosas horribles, que antes, yo pensaba que molaban, y que me permiten contar cosas fabulosas a mis hijos. Lástima que no tenga hijos, pero les tengo a ustedes.

Advertencia


Tanto la familia,  así como muchos de mis amigos, me preguntan si los textos que escribo diariamente en este periodiquito  son autobiográficos. Ante esta pregunta debo responder honestamente: si, lo son. Carezco de la imaginación y la inventiva precisa para crear tantas fábulas y cuentos. Por suerte, existe la realidad, por muy dolorosa que sea. Una especie de manantial de donde uno puede tirar del cordel e ir sacando relatos. Si usted al leerme, descubre que aparece en una de estas historias, es porque se ha debido encontrar conmigo en alguna ocasión. No, no tengo poderes mentales.


Parezco un tipo evitativo, pero en realidad un problema glandular me impide aproximarme a cualquier tipo de mamífero, sea acuático o volador


El hombre al que le quería follar todo el mundo

Muchos de los que me conocéis pensáis que tengo un trastorno de personalidad evitativo. Nada más lejos de la realidad. Tengo un problema, sí, pero es glandular, lo que me impide salir a la calle. No es tanto que el género humano me perturbe, lo que pasa es que me quieren follar.

Es glandular en tanto que que mi cuerpo, supongo, está segregando algún tipo de molécula, una feromona, quizá, capaz de ser percibida por mis vecinos en un radio de un kilómetro a la redonda. Esto me aísla, claro. Cuando he ido a la consulta del médico para tratarme, este me ha recibido con lo los calzoncillos medio bajados.

He ido a tratarme, pero la disposición del médico, era para mi gusto, demasiado relajada. 

Quisiera que se me entienda bien, no es tanto que un grupo de tipos me quiera penetrar, el problema es me quiere follar todo el mundo. Y cuando digo todo el mundo quiero decir todo el mundo. La ley ya no garantiza nada. La propia policía a la que solicité su protección también me violó. Con la porra, claro. Queda por saber si la sublimación de la líbido hacia un instinto sádico es una práctica habitual en las comisarias,  o si es que el poderoso uso de la razón ha quedado excluido de la policía.  En cualquier caso, ante la acción cometida no cabe ninguna disculpa. Efectivamente, no se disculparon. A continuación, un breve extracto sobre lo ocurrido en la comisaría:

- Usted es culpable de su propia violación -Dijo uno de los policías mofándose.

- ¿Culpable? Yo pensaba que era la víctima - Respondí, con voz entrecortada.

- Las víctimas somos nosotros. ¿Somos culpables de que usted metiera su dedo en el punto exacto e irrefrenable que acabaría activando nuestros instintos?

-  ¿Qué dedo? Fuisteis vosotros los que metisteis una porra en mi culo, sin preguntar.

- Ya, pero para eso aprobamos unas oposiciones ¿Tiene algo más que decir? Recuerde que todo lo que diga puede ser utilizado en su contra.

- Sí. Quisiera alegar que este relato no trata sobre el instinto de eros y el ego. Ni siquiera estoy tratando de parodiar un supuesto intercambio de roles de género. Es una comedia, que por lo demás, y se me ha ido de las manos.

- Por lo que a nosotros respecta, nos importa una mierda su opinión.

- En fin, lo decía porque la corrección política me obliga.

 Después de la violación, me encerraron varios días, bajo la sospecha de ser peligro público.


Mi existencia es una constante huida.  Siento al género humano como una seria amenaza.  He corrido calles abajo, huyendo,  agitando los brazos, tratando de escapar de hordas de hombres y mujeres sedientos de los placeres de mi cuerpo, pero me  resulta imposible entregarles  mis favores. Temo que finamente tomen mi cuerpo en contra mi voluntad.

Quisiera dejar de huir y entregarme a todo el mundo, pero es que son siete mil millones de personas, y la cifra continúa en aumento.


Lo que podría ser el sueño de cualquier hombre, se torna en pesadilla. No puedo abrir la puerta ni tan siquiera al administrador del fondo buitre que posé el piso donde vivo. En seguida trata de colarse en mi cama.

Es una paradoja. Aunque también tengo deseos amorosos, como cualquier otro,  no puedo llevar mis sueños a la práctica. No es tanto que nadie me quiera. Ocurre precisamente lo contrario. Todo el mundo me desea, esa es la cuestión . Quisiera acabar de una vez por todas con mi glándula hiper activa, pero carezco del valor necesario para dejar mi cuerpo expuesto e inconsciente bajo el poder de la anestesia, desnudo, en la mesa de operaciones. Dios sabe que psicopatías sexuales pondrían en marcha sobre mi cuerpo inerme.

Me encantan los perros

Me aíslo, pero lo último que deseo es la soledad. No quiero vivir solo. Mis amigos dicen que me busque la compañía de un perro. Pero ustedes, que ya conocen mi secreto, saben el motivo por el que no lo tengo.

Retirarse al Polo Norte, tampoco garantiza nada.


Quiero escapar a una pequeña isla deshabitada, en el Pacífico. Con una amante a la que pueda echar unas gotas de "Somnidol", marca registrada,  en el agua de coco con las que aplacar su efervescencia sexual. Sin embargo, ya no existen tales islas.  Quizá si me encaminara al Polo Norte, podría vivir en la continua quietud invernal con una novia esquimal que supiera pescar, porque yo no sé. Quisiera escribir novelas desde mi iglú. Desafortunadamente, los polos se derriten. En cualquier momento pueden abrirse nuevas rutas en el Ártico, resquebrajando los hielos, que atravesarán miriadas de turistas en sus transatlánticos vacacionales, sedientos de pasiones y placeres, siempre reprimidos, que esperan liberarse al encuentro de la feremona original y primigenia que yo sólo poseo.













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