miércoles, 14 de octubre de 2015

El hombre que no sabía quién era


 Hay días vaporosos que es posible encontrar al Hombre Que No Sabía Quién Era, aunque también en días soleados. Hoy se ha comprado un sombrero hongo y se ha puesto un bigotito postizo, para tratar de reafirmar su identidad. Máñana irá con barba o corbata. Quiere encontrarse.

El hombre que no sabía quién era


El hombre que no sabía quién era, camina precipitadamente, incluso con cierta seguridad,  parece que supiera hacia donde se dirige. Aquí viene, tengo la sensación de que quisiera contarnos algo. Me gustaría hacerle algunas preguntas. Oigámosle.

Dominguet: ¿Usted es...?

El hombre que no sabía quién era:  No sé quién soy.

Dominguet: ¡El hombre que no sabía quién era!

El hombre que no sabía quién era: No estaría tan seguro.

Dominguet: Señor...como se llame. Está en busca de su identidad, de su yo... ¿Ha encontrado alguna pista? Los lectores quieren saber.

El hombre que no sabía quién era: Tengo algunas intuiciones, bastantes interrogaciones, por cierto, nada en concreto. Lo más terrible es que ni siquiera estamos vivos, pero no estoy seguro.

Dominguet: ¿No estamos vivos?

El hombre que no sabía quién era: Creo que lo que llamamos vida, tan solo es un término de andar por casa. Que si lo observamos a cierta distacia, a otra escala, tan solo somos un tipo específico de materia, diferente. Más bien somos de un tipo material volátil, que se desintegra rápidamente, de forma casi instantanea. ¿Qué es un hombre comparado con una piedra?

Dominguet: ¿Qué es?

El hombre que no sabía quién era: Nada.

Dominguet: Una declaración nihilista, desde luego. ¿Se atrevería a firmarla?

El hombre que no sabía quién era: Aunque estuviese del todo seguro, no podría firmar mi declaración, ¿con qué nombre? Un nombre que otros me pusieron. Tengo el documento que entrega el Estado y que así lo atestigua. Si la identidad se inicia por el nombre, empezamos mal.  O desde un punto de vista más positivo, comprendo que mi identidad, desde el principio, la construyen los otros.

Dominguet: Quizá usted piensa demasiado...

El hombre que no sabía quién era: Ese es el problema, que no pienso, que todos mis pensamientos son de otros.  

Dominguet: Le veo demasiado serio... Quizá la introspección en busca de su identidad le está convirtiendo en un tipo avinagrado y aburrido.

El hombre que no sabía quién era: Lo que veo no es nada divertido, cuanto más buceo en mi interior más me doy cuenta de que soy un gran trozo de Nada. Otras veces, me veo como un mero...

Dominguet: ¿Un mero?

El hombre que no sabía quién era:  Un mero hongo.

Dominguet: ¡Un hongo!

El hombre que no sabía quién era: Si, un hongo, ¿le parece divertido?

Dominguet: Si, y mucho. Usted es más gracioso de lo que yo pensaba, ¿cómo no me va a hacer gracia? Se fue en busca de sí mismo y sólo encontró un hongo.

El hombre que no sabía quién era: Todo nuestro cuerpo está colonizado por microorganismos. Muchos están activos, otros en estado larvario o latente, agazapados, esperando su momento. ¿Cómo podemos afirmar que nosotros somos nosotros?  ¿Cómo saber si yo formo parte del hongo o si el hongo forma parte de mí?.

Dominguet: Reconozco que para no saber quién es dice cosas entre alocadas y absurdas e interesantes...

El hombre que no sabía quién era: En realidad lo interesante está fuera... Creo, pero no estoy seguro del todo, se lo oí decir a un antropólogo.  

Dominguet: Me encantaría seguir entrevistandole, pero mis lectores no conservan la atención o la concentración más treinta segundos, así que voy a tener que finalizar esta divertida entrevista. En último lugar, ¿qué planes futuros tiene para encontrar su identidad?

El hombre que no sabía quién era: No lo sé. Había pensado apuntarme a un curso de Construcción de Gustos Únicos, pero tal curso no existe, así que me inscribiré a un taller de Iniciación al Teatro, Macramé, o Encaje de Bolillos.




 
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