martes, 10 de noviembre de 2015

Los hombres de pelo gris en la sociedad contemporánea


 Corre un extraño rumor en Mandril


Hombres de pelo gris en la sociedad contemporánea


Dos rumores se extienden por toda la ciudad. El primero dice que los hombres de cabello gris parecen más interesantes. El segundo rumor informa que se ha desatado una alocada carrera por contactar con cierto tipo de peluqueros.

Tengo que decir que los tintes de color gris se agotan nada más llegar a las tiendas, y que las fábricas de tinte gris, funcionan más allá de su capacidad; esto es, al 200%. Es cierto que las fábricas están automátizadas y que una máquina o un robot no puede ir más allá de su máxima velocidad. Si tienen tres botones, el encargado no puede pulsar un cuarto botón inexistente para que el robot aumente su producción. Esto es un factor limitante. Un robot no se asusta porque su jefe le insulte o le meta prisa, él sigue a su bola, a su ritmo.  Para superar el 100% de la producción es preciso el ser humano. A un hombre se le puede asustar continuamente, hacer que vaya más deprisa, que tome más cafés, que duerma menos, que sienta tras su nuca el gélido aliento del miedo. Algunos viejos manuales del tipo "Cómo reorganizar la economía" han sido encontrados en la mesita de noche del presidente de gobierno, alguien se los regaló en una reunión informal. Un hombre sometido a estrés es más productivo

El pelo gris te hacía más interesante, desde luego, pero no garantizaba que uno lo fuera. Así que aumentó la sospecha de que bajo el pelo gris no siempre existían seres asombrosos. Lo asombroso era que bajo el pelo gris se ocultaba un hombre cualquiera. Lo peor llegó cuando se hizo público un estudio que confirmaba lo que todos sabían, que los trabajadores expuestos a jornadas extenuantes y bajos sueldos, trabajando en cuatro turnos, mañana, tarde, noche y turno fantasma, envejecían antes y se les encanecía el pelo.  Esto es, su cabello era ahora gris.Lo que nadie quería era parecerse a un hombre cansado y sin alegría, nadie quería parecerse a los hombres agotados y encanecidos de las fábricas de tintes para el pelo. En definitiva, nadie quería parecerse a un obrero, no solo porque ya no estaban de moda, sino porque cuanto más próximo te encontraras a ellos, más posibilidades de resbalar por la peligrosa pendiente de la exclusión y la invisibilidad se tendría. Un obrero era una especie de fetiche de la mala suerte. Había que huir de ellos siempre que se pudiera, precipitadamente, como si una bomba estuviera punto de explotar.

No había más remedio, pronto se extendió un tercer rumor que anulaba los dos anteriores. Un pelo gris ya no era sintoma de lo interesante, sino de su contrario.  Las gentes empezaron a esconder sus cabellos grises y pronto un cuarto rumor corrió por todo el país: un capirote sobre la cabeza te hacía automaticamente mucho más interesante.


 
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