jueves, 21 de enero de 2016

Sobre los buscadores de poesía de Mandril






Llevamos extrañas piedras azules en el bolsillo y se las mostramos a cualquiera,  por si su luz pudiera atravesarles de alguna manera.

 Buscadores de poesía

La melancolía en la ciudad era persistente, podía durar días, a veces semanas. Sin embargo, lo que está ocurriendo es singularmente diferente, llevamos años sin escuchar llantos. La tristeza ha desaparecido definitivamente de las calles de Mandril

Nadie llora, es verdad, pero tampoco nadie ríe. Sonreímos cada vez menos, y ni siquiera lo hacemos como un reflejo sino como un recuerdo, y ya se nos está olvidando. De verdad que no somos infelices, pero tampoco podemos ser felices. Quizá sea una cuestión de tacto, de sentir el calor del hogar al llegar a casa, ¿cómo sentirlo, si apenas percibimos el frío? Hemos perdido algo de sensibilidad en la piel y el los dedos.

Me he cortado al afeitarme y me observo al espejo, dejando que la sangre se deslice por la comisura de los labios. No duele, no escuece. Debería sentir alguna impresión, alguna inquietud, pero solo siento la calma.

La calma se repuebla en la ciudad. Me siento tranquilo. No me importa llegar tarde, no siento la ansiedad ni los nervios. Hace años que nadie discute, que nadie levanta la voz. No hay enfados, está bien. Y sin embargo todos estamos buscando un suceso, una conmoción que abra la realidad desde una perspectiva sintiente. 


Bailamos,  por si la poesía se encontrará en la música o en la danza, pero lo hacemos como ejecutantes, como robots, y lo hacemos bien.


Todos buscamos la poesía, por llamarla de alguna manera, y esta se desvanece instantáneamente. Es la gran promesa, aquello que empujará los sueños a la realidad, donde encontrar despiertos ese lugar donde a veces reímos. 

Creamos signos, abandonamos objetos, palabras. Nos detenemos ante cualquier gesto, cualquier minúsculo suceso, por si allí estuviera ocurriendo una experiencia poética. Un hombre cae por las escaleras y lo observamos, como si en ese acto fuera aparecer en cualquier momento la poesía, en su pequeño dolor disminuido, en las propias formas de cuerpo que yace en el suelo. No pide auxilio, no está molesto, no le importa que le miremos mientras permanece en el suelo. Esperamos la aparición de la poesía, pero nunca llega.

Llevamos extrañas piedras azules en el bolsillo y se las mostramos a cualquiera,  por si su luz pudiera atravesarles de alguna manera.


 
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