miércoles, 12 de junio de 2013

Juicio contra usted


La fotografía de arriba no corresponde al futuro, sino al pasado, cuando usted vivía en un mundo donde se hacía exactamente lo contrario a los deseos. Nos hubiera gustado publicar alguna instantánea del juicio donde usted fue declarado culpable, pero no tenemos ninguna, por la sencilla razón de que ese tribunal y ese futuro, quizá, nunca existió

¡Juicio contra usted!

Un día ocurrirá. Usted volverá de su trabajo y alguien a su espalda le preguntará el nombre,  y sin apenas tiempo a reaccionar sentirá el frío paso de una aguja en su piel. Perderá el sentido. Cuando abra los ojos, se encontrará muy lejos de casa, ocupando el asiento del acusado en la sala del tribunal. Se ha iniciado el proceso que le juzga a usted.

Usted se ha declarado inocente. "Lo que yo hacía era absolutamente normal" -dijo en una ocasión al presidente del tribunal-  Le midieron el cráneo y parece ser que sí, que su cabeza tenía los centímetros cúbicos necesarios para ser considerada normal. Para ser normal en los tiempos en los que usted vivió, tan solo había que hacer exactamente lo contrario a lo que se pensaba, o simplemente, acabar pensando como se actuaba. Era muy fácil. El método que se seguía para ser normal era el siguiente: usted deseaba la hermosura y el equilibrio, pero en cuanto se levantaba, iniciaba los trámites para destruir el mundo. "¿Qué podía hacer yo?" -preguntó a la parte acusadora- Uno de los testigos del fiscal demostró que usted se dedicaba a destruir más trozos de mundo que los que salvaba "¿Qué es lo que hacía?"- preguntó el presidente de la sala al testigo-  "Lo recuerdo perfectamente, amaba la belleza e iba al campo en coche".  Usted siempre respondía al tribunal lo mismo, que en aquel tiempo lo que hacía era "lo normal". Sus respuestas se tornaron huecas a base de repetir clichés "Entonces existían seis millones de parados, y era imprescindible que creciera la economía. Había que potenciar el consumo".  Fue entonces cuando el público de la sala comenzó a bostezar.  Usted no se dio cuenta, se lo habían repetido tantas veces que había interiorizado y hecho suyas las palabras de Adelson, entonces ministro de fomento, y eso fue que le condenó. Usted mantuvo su inocencia hasta el último momento, pero ya era tarde. Nadie le creyó



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