martes, 12 de marzo de 2013

El hombre que se comía los libros

Un libro de bolsillo es perfecto para poder comérselo en cualquier lugar

El hombre que se comía los libros

Ha sucedido. Me he comido un libro. He empezado por "El camino de Wigan Pier" de George Orwell. Muy bueno, pero un poco amargo. 

Desde luego que la reducción de sueldos ha contribuido al desarrollo de una industria de libros comestibles. El resultado ha sido sorprendente. Comerse un libro es como comerse un cerebro. No solo tiene todo el aporte nutricional necesario para la vida entre los hombres, sino que además te aporta algo parecido a la sabiduría, sin necesidad de moverse de casa.  Desgraciadamente, no todo son luces, de vez en cuando, descubrimos alguna intoxicación provocada por el consumo de algún libro en mal estado. Pero el riesgo cada día es menor, las garantías son cada día mayores. El descubrimiento de los libros comestibles no solo ha garantizado la supervivencia del libro -jamás se han editado tantos libros como hoy día- y paradójicamente, no existe acumulación de libros en las casas. Ha desaparecido el stock en las librerías. Aunque algunas costumbres se han perdido; los libros ya no se suelen prestar. Lo habitual es comerse los libros según uno se los va leyendo, pero no hay una norma  estricta. En cualquier caso se han extendido por toda la ciudad los comedores de libros, con menú del  día. Es tradicional que en los restaurantes de Mandril sirvan los jueves "Ética a Nicomaco" de Aristóteles para comer. Aunque pronto caerá en desuso, al proliferar por toda la ciudad la venta de comida rápida donde uno puede comerse, en pocos minutos, "Como ser feliz" o "Adelgazar follando". Estos años de decadencia general de la humanidad no solo ha llevado a que nos comamos los libros, sino que además nos hemos visto muchos obligados a rebuscar en la basura en busca de algún texto escrito que llevarnos a la boca. Es cierto que los libros por primera vez en la historia se han convertido en un bien de primera necesidad, pero esto ha llevado a la acaparación de libros, y a la especulación de los precios. Se suceden manifestaciones en las calles al grito de  "¡Queremos libros!" y se reprimen violentamente. El gobierno no tiene el arrojo suficiente ni el valor político de regular el acceso al libro, de establecer unos libros básicos públicos, a los que todo el mundo tendría derecho por el simple hecho de nacer 


 
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