domingo, 14 de abril de 2013

¡Cómo ser un temible escracher!

Guía del escracher moderno

Las palabras tienen un poder inconmensurable y de consecuencias trágicas cuando se usan en la esfera pública. Un ejemplo; un juez, un día, pronuncia una sola palabra, esto es. "¡Culpable¡" y un hombre es condenado a muerte. En realidad ese juez es un mierda, no tiene cojones ni ovarios suficientes para matar al reo golpeándole en la cabeza con su poderosa maza de magistrado.

Sin embargo, si usted un día camina por la calle y se encuentra a un juez en un callejón oscuro y le grita "¡Culpable!" le aseguro que a ese juez le ocurrirá algo. Lo más probable es que acabe cagándose en los pantalones. Si, las palabras son mágicas. Las palabras cambian la realidad. Una vez pronunciadas la realidad comienza a moverse y se pone en marcha la acción. Nadie sabe con seguridad que puede ocurrir cuando se pronuncia una palabra, ni donde ni cuando se detendrá la acción, si es que alguna vez se detiene. Pero para que sean efectivas las palabras y se inicie la acción deben ser pronunciadas en el espacio público y con el interlocutor lo más próximo a usted. Si usted grita "¡Culpable!" en la profundidad de la selva y en soledad, es probable que nada pasé, al menos inmediatamente. Las palabras deben ser dichas en la esfera pública. La vicepresidenta del gobierno dice que las interpelaciones dirigidas a ella deben ser dichas en un espacio donde el ciudadano no puede acceder. Es normal, a nadie le gusta que le digan la verdad delante de sus vecinos. Según la vicepresidenta, que un vecino se dirija a ella y la diga "¡Culpable!" es coacción. Yo pensaba que la coacción era obligar a alguien mediante el uso de la fuerza a hacer algo en contra de su voluntad, y la primera imagen que se me ha venido a la mente ha sido la de una familia expulsada de su vivienda a la fuerza contra su voluntad. En realidad la vicepresidenta no quiere que nos callemos, ella quiere que hablemos alto y claro, pero que lo hagamos en la soledad de nuestros espacios íntimos, o en la selva, donde nadie puede escucharnos. Lo que ella desea es que nadie nos escuche, o mejor todavía, no escucharnos, porque sabe que si nos escucha, las palabras comienzan a poner en marcha la acción, y la realidad comienza a cambiar.





 
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