martes, 18 de febrero de 2014

El cosmódromo de Carabanchel Alto

Dejar de mover piedras y ser un harrijasotzaile, o encaminarme al cosmódromo de Carabanchel Alto

El cosmódromo de Carabanchel Alto

Todo está tranquilo. Regreso a casa del trabajo tarde, muy tarde, ya sabes, con esas ganas de llorar que ofrece el cansancio

Si cada cual escribiera su biografía, quedaría un resto, una resonancia de lo que hemos sido, pero todos los que movemos piedras dejaremos en blanco nuestro libro, como si no hubiéramos existido. No, no es lo mismo mover piedras que levantarlas. Mientras un movedor de piedras es arrastrado por la necesidad y las corrientes, el harrijasotzaile realiza su propia vida.  La vida no es algo que sucede, no es algo que va a llegar, es algo que hay que ir a buscar, que hay que crear. Ante un harrijasotzaile me quito el sombrero. 

Me cuesta escribir, no tanto por la desgana creativa implícita del movedor de piedras, sino porque duele. A los movedores de piedras nos duelen los dedos, las muñecas, y al final se nos caen las manos. Las manos, nuestra herramienta de trabajo. Solo tenemos muñones. Como si el fotógrafo perdiera la vista cada vez que retrata un instante, hasta quedar ciego, y sin embargo estamos tranquilos, cansados, pero tranquilos. Llego a casa y no puedo dormir. Enciendo la luz y busco un libro para leer con desgana. El azar escoge "La Tierra roja": 

Pablo.- Pero yo no quiero quedarme aquí para toda la vida. Estaré aquí hasta que encuentre algo.

Inés.- (Le mira tristemente) No siga...

Pablo.- ¿Qué le ocurre?

Inés.- Parece que le estoy escuchando a él, a mi padre...Ha dicho eso año tras año...Y no solo él, sino todos aquellos que trabajan aquí...Trate de ir acostumbrándose, es lo mejor que puede hacer...

Pablo.- Pero es que yo no quiero acostumbrarme...

Inés.- Sí que podrá. Otros también han dudado y han podido

Me asombro. Descubro que me encuentro dentro del libro y no puedo salir. La tranquilidad se rompe y me asomo al balcón. Un gran resplandor.  Los palacios del gran Mandril arden. La necesidad de ir al fuego o encaminarme en la noche hacia el cosmódromo de Carabanchel Alto. Salir disparado, escapar de la gravedad, fuera de la órbita, más allá de la realidad.


 
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