domingo, 24 de mayo de 2015

Ejercicios de estética electoral


Los vocales de la mesa electoral solo podían ser los violinistas de Marc Chagall


Ejercicios de estética electoral


Hay más de trescientas personas haciendo cola para votar antes de abrirse el colegio electoral. Todos ellos llevan camiseta a rayas, boina, y fuman en pipa de madera. Yo creo que son marineros curtidos en las procelosas aguas del gran Mandril.

Este año hay más papeletas que habitualmente. Por fin todo el mundo es candidato. Para dar cabida a tantos elegibles se han creado 57.142 partidos en todo el país, y su número va en aumento. El nombre de la candidatura más deliciosa que se presenta a estas elecciones, es el de la coalición "Jazmines y amapolas".

Se prevé una abultada participación. Había pensado en votarme a mí mismo, pero nunca se sabe. Mi pronóstico particular es que se agotarán las papeletas, dado que todo el mundo se guardará alguna de recuerdo. No todos los días uno es candidato a alcalde, concejal o presidente. Las papeletas están coloreadas y perfumadas.

Cada mesa electoral tiene una singularidad que la hace particularmente atractiva. Me encanta el azar. Hay mesas electorales solo constituidas por hombres calvos con bigote, con la cabeza de color verde, como la de los violinistas de las obras de Chagall. Cuestión de suerte, imagino.

En cada colegio hay una banda romántica local tocando las canciones de la película "Las Vacaciones del Señor Hulot" de Jaques Tati. Se ha habilitado una zona de baile y se ha instalado un pequeño bar a precios populares.

Me gustan las tradiciones, como aquella costumbre de habilitar las urnas como cuna para los recién nacidos. Un lecho de papeletas sirve de cama a los bebés, que se distraen jugando con los votos que les caen encima, hasta ser sepultados por ellos. Las urnas tiene agujeros, como las cajas de los gusanos de seda, para que los recién nacido no se asfixien. A falta de niños, en su interior podrán jugar los hamsters.

A veces se desencadenan diminutos terremotos, cuyo epicentro sucede en el interior de la misma urna electoral. Se forman olas que se agitan en el interior de la urna, y formamos un corrillo para ver el espectáculo. Mi novia lo filma con una obsoleta cámara de Super 8.

Siempre hay un voluntario que prepara canapés y sandwiches, y que ofrece en bandeja a los votantes y a los miembros de las mesas electorales. Es muy querido por todos. El día de las elecciones nadie prepara comida en casa. Es un día especialmente indicado, no solo para engordar, sino también para que se inicie algún tipo de romance gastronómico.

Nos entretenemos haciendo cadenetas de colores, tipo fiesta. A veces se interrumpe la votación porque alguien, un espontaneo, decide leernos un poema que ha compuesto para la ocasión. Después un borrachín abre una botella de Lambrusco. Al tercer vaso de vino las conversaciones son más encendidas; el debate siempre es el mismo, sobre si elecciones son demasiado aburridas.

La votación dura hasta altas horas de la madrugada. El colegio electoral suele cerrar cuando se agota la bebida y los cigarrillos, momento en el que se inicia el escrutinio.

Los resultados siempre son inverosímiles. En realidad una máquina podría elegir a los elegibles, evitando el sobrecoste administrativo, pero se prefirió que no, pues nos perderíamos el momento más esperado del día; la llegada de un juez en bicicleta recogiendo las actas de la jornada. Un juez creado ex profeso para la ocasión. Su misión es entrar silbando en el colegio electoral, mientras adolescentes lanzan pétalos de rosas a su paso, después, se destruyen los votos en una hoguera para no dejar pruebas.

El gran Mandril se puede ver desde el espacio durante la noche electoral. Puntitos de fuego distribuidos por toda la ciudad, hacen las delicias de los niños. Pequeñas hogueras alrededor de las cuales se cantan canciones sobre la igualdad. Después de votar, el azar elegirá a los gobernantes. A la entrada de los colegios electorales una frase nos dice: "El azar siempre tiene razón".

El día siguiente a las elecciones está todo cerrado. No se hace nada, salvo pasear o pasar el día tumbado en el césped del parque. Todos tenemos la sensación de haber vivido una especie de sueño, una experiencia.

Hasta dos días después no conoceremos los resultados electorales. Es una sorpresa. Se corre una cortina y tras ella, aparece el nuevo alcalde. Da igual si tiene papeles o no, si tiene la cabeza como un limón, como un melón o si la tiene cuadrada o amueblada. Da igual si es una persona normal, subnormal o supernormal, lo importante es que sepa bailar.

El alcalde al azar no tiene un ayuntamiento propiamente dicho, cada día trabaja en un despacho diferente; en otras palabras: la vida del alcalde transcurrirá en la casa de los electores, que al mismo tiempo serán también lectores. El alcalde dormirá en sus casas, comerá en sus mesas y dormirá en sus camas. Podrá abandonar su puesto cuando le venga en gana.












 
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