martes, 6 de enero de 2015

Un fuego que nunca se extingue


El fuego perpetuo siempre funciona de la misma manera: es deslumbrante, y al final siempre nos quema el bigote.

El pequeño fuego perpetuo del presidente


Qué absurdo fue todo. El presidente hizo público el último descubrimiento: un fuego pequeño, no más grande que la llama de un mechero. Pero no era un fuego cualquiera, sino un fuego perpetuo que jamás se apagaba.

Era un gran descubrimiento. Una llama que ardía sola, chulísima. Evidentemente, tenía muchísimas aplicaciones, sobre todo en el terreno energético, aunque echaba por tierra todos los principios de la termodinámica, pues no precisaba de combustible. Era una llama imposible, pero allí estaba: existía. Nuestro presidente, presentó la llama ante los medios comunicación en directo,  en conferencia de prensa. Lo hizo junto a una estadística. Una curva ascendente. Decir que el presidente nunca fue muy habilidoso, por eso tampoco me extrañó que prendiera fuego sin querer a la curva ascendente, y después se prendiera fuego a sí mismo. El mal había llegado. El país comenzó a arder.

Un fuego que no precisa de combustible, que jamás se apaga y lo quema todo. Un fuego que avanza inexorablemente. Es desasosegante ver como arde el agua por la noche. Si usted encuentra alguna vez uno de estos fuegos, retírese, aun está a tiempo. 

En tan solo un año, todo el país estaba ardiendo. Solo quedaba el gran Mandril a salvo de las llamas, que por aquel entonces encontraba rodeado por el fuego.  La población de la ciudad había aumentado en varias decenas de millones. Migrantes que habían escapado del gran incendio, todos juntos, hacinados, mirando la hora, dejando pasar el tiempo. Los aviones sobrevolaban la ciudad y arrojaban sacos de arroz. Era impresionante. El arroz caía de los cielos destrozando los automóviles y los columpios y los toboganes de los niños, y sus zonas de juego.




 
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