viernes, 23 de enero de 2015

Yo y mis duplicados

Otra mañana, otra siesta, otra cabezada en el metro. Otro duplicado.

El mundo ha declarado el estado de sitio contra mí


Cuando duermo, sea la siesta o un reparador sueño nocturno, aparece un duplicado mio. Al despertar me los encuentro frente a mi, mirándome. Les doy algo de dinero de bolsillo, las llaves de casa y una copia del DNI. Abro la puerta del piso y los suelto al mundo.

Creo que mis duplicados, más que duplicados, son multiplicados. Seres independientes de mi, y sin embargo, soy yo mismo. Además del físico, compartimos emociones, experiencias, recuerdos y conocimientos. Si uno de mis duplicados leyera un libro es como si yo lo hubiera leído. Todas sus vivencias, las vivo yo, y viceversa.

Cada uno de mis duplicados crea su propio duplicado mientras duerme, por eso los llamo multiplicados. Esto va mucho más allá del crecimiento exponencial, o eso creo. Lo importante de todo esto es que en poco tiempo era fácil encontrarme a mi mismo por las calles. Confieso que desde mi proceso de multiplicación -y al compartir las experiencias y conocimiento- me he hecho mucho más listo. Es verdad, tengo una mente colectiva. Esto me permite escribir obritas de teatro, cenar paella, acudir a la rehabilitación por el asunto de la fractura de mi radio, salir con chicas, repartir panfletos, currar en turno nocturno y enamorarme. Todo ello simultáneamente. Una vida excitante.

La mala noticia es que cuando uno de mis duplicados o de mis multiplicados muere, yo también muero un poco. La buena noticia es que aparecen más duplicados de los que desaparecen; aunque esto es relativo.

Trato de ser amable, pero a los mandrileños no les caigo bien. Trato de pasar desapercibido, pero estoy en todos los lados, a punto de superar el umbral, de ser ser más yoes que mandrileños. Esto tiene consecuencias políticas en todos los ámbitos, sobre todo en el electoral. Hay un temor a mi mismo. La gente me rehuye. Se olvidan las diferencias de clase, se aparca el racismo; hay un nuevo enemigo: yo. Pero solo quiero una vida tranquila, trabajar mis miserias y mis debilidades, escribir en una mañana soleada, tener amigos, involucrarme en la vida social, hablar de lo justo y lo injusto, superar mis miedos, trabajar en pro de la renta básica universal para potenciar mis creatividades. Y sin embargo persiste ese temor a mi mismo, a ser mayoría, a que un día yo y por tanto todos mis yos hablen en alto, que se emponderen y actúen. Y a pesar de que trato de retirarme a casa pronto para evitar alterar el orden simbólico y práctico, mucho me temo que el mundo ha declarado el estado de sitio contra mí.



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