lunes, 1 de julio de 2013

Modesta proposición para matar a todos los mandrileños de entre 30 y 40 años



Si se va a dedicar al bien común es preciso que utilice como principio de actuación el imperativo categórico. Si es partidario del bien común y la  acción directa, también puede rescatar a algunos niños de la basura o incluso arrancar carteles maliciosos.

Pequeño manual para la práctica del bien común

Mi propuesta es la siguiente; todos los madrileños entre los 30 y 40 años deben morir. No es nada personal.  Una vez muertos, deben resucitar bajo la misma apariencia.  

Morir y resucitar.  Cualquier mandrileño que se encuentre en una franja de edad entre los 30-40 años o superior, puede morir si quiere, y resucitar.  Desde ese mismo momento toda su existencia se reorientará.

Breve explicación

El declive biológico se inicia a partir de los 30-40 años, y comienza el lento pero inexorable descenso hacia la decrepitud. Hasta los 30 años se vive de fiesta en fiesta, probándolo todo, viviendo experiencias, orgías, drogas, amores, turismo, digestiones pesadas, escalada en roca, centrados en aquello que nos resulta más conveniente, en nuestro yo. Todo eso ha estado muy bien, pero por nada del mundo quisiéramos vernos resistiendo patéticamente a la fuerza imparable de la naturaleza. La estética ante todo.  Hemos llegado a un umbral donde a partir de ahora todas las miserias y enfermedades que nos acechan y esperan su turno, se harán presentes, por eso debemos morir cuanto antes y resucitar.  

Todos aquellos voluntarios que decidan morir llegados a los 30-40 años, deberán resucitar haciendo aparición en el escenario del gran Mandril, con algunos cambios cualitativos. Si tenían pelo con 20 años, y ahora no lo tienen con 40, también su existencia podría pasar del yo al nosotros. Efectivamente, la propuesta de resurrección en Mandril consiste precisamente en eso: en circunscribir la existencia a la esfera del bien común a partir de los 30-40 años.  Sé que este asunto es delicado e incompresible, así que abriré una rueda de preguntas y respuestas con el fin de clarificar o en el peor de los casos, complicar mi argumentación:

Turno de preguntas

Lector de ¡Terrible!:  El bien común, eso es demasiado moderno. ¿Podremos dedicarnos a participar en orgías con 70 años?

Dominguet: Por supuesto, siempre que la orgía misma sea el propio bien común o nos disponga a ello. Si usted va a hacer más felices y mejores personas a aquellos que se encuentran en la orgía, y esta le permite querer más a la humanidad, ser más generoso o emocionarse ante la puesta del sol, no lo dude, participe en orgías, si no, es mejor que dedique su energía a otras actividades orientadas a bien común. Puede donar sangre, barrer las calles...en bien común es bastante dispar y adquiere múltiples formas

Lector de ¡Terrible!: ¿Pero orientar la existencia al nosotros podría significa la anulación del yo? 

Dominguet: Espero que no. Precisamente si lo que queremos es pensar y actuar en términos más allá del yo, conviene no descuidar el yo en absoluto ¿Cómo vamos a ayudar a un ciego a cruzar la calle si estamos, por ejemplo, demasiado borrachos para distinguir entre la luz roja y verde del semáforo? Hay que cuidar nuestro yo, y entregarle alimentos con los nutrientes necesarios. Tener un cuerpo ágil y una mente despejada, si lo que vamos a hacer es reorientar nuestra existencia al bien común. No podemos cuidar a los otros si tenemos demasiados dolores de espalda, ni podemos practicar la política consciente si nos hemos embrutecido viendo demasiada televisión. En otras palabras, para dedicarse al bien común hay que potenciar el yo, pero este no puede quedarse encerrado en la esfera íntima o personal. Debe salir a la calle y mostrarse. 

Lector de ¡Terrible!: Pero dedicarse al bien común podría ser peligroso, incluso podríamos ser despedidos, multados, o llegado el caso, encarcelados o asesinados

Dominguet: ¿Y qué? Ya hemos dicho que  a partir de los 30-40 años, la vida es un regalo. Un extra. Imagine que usted murió a los 40 años; la evolución, la biología, la genética y la naturaleza se lo exigieron, pero de repente descubre que ha resucitado. Usted ya vivió, y se encuentra ahora con otra vida por delante.  Usted ya murió, así que no debe tener ningún miedo. Puede hacer lo que quiera, como los cuatrocientos ancianos japoneses que voluntariamente se ofrecieron para adentrase en el área radiada de Fukushima, pero estos son casos extremos, y es conveniente desconfiar. Como aquella declaración del ministro de finanzas japones en la que pedía a los ancianos "que se den prisa en morir" para reducir el gasto público. En muchas ocasiones no es fácil diferenciar claramente el bien del mal. Lo que en algunos lugares es el bien, en otros es el mal. Quizá haya un principio universal para encontrarlo. En los libros de historia de la filosofía de la de bachillerato podemos reedescubrir el imperativo categórico de Kant; que nos dice por ejemplo:

1) "Actúa siempre de tal manera que la máxima que dirige tu voluntad pueda ser convertida en ley universal de acción, en otras palabras, ello supone que no debemos hacer a los otros lo que no queremos que hagan con nosotros". Y 2) "Actúa siempre de tal manera que no consideres a ninguna persona como medio para alcanzar algo, sino con un fin en sí misma, es decir, que las personas tienen un valor incondicionado y no se debe hacer de ellas objeto de poder o interés alguno"

Ateniéndonos al imperativo categórico de Kant, tan solo podemos decir que el ministro de finanzas japones es un jeta de mucho cuidado. Solo sería aceptable su proposición, si acaso, él mismo, que tiene más de 70 años y toda la gerontocracia con la que se rodea, se aplicaran así mismos sus sugerencias. Así que este tipo de propuestas teóricamente orientadas al bien común llegadas desde el poder no nos valen, y es mejor que sean guardadas en cajones y jamás salgan de ellos. Lamentablemente desconocemos que otras ideas alocadas esconden en el congelador.

Lector de ¡Terrible!: ¿Es aburrida una vida dedicada al bien común?

Dominguet: Más bien es todo lo contrario. Demasiado emocionante, quizá. Dedicarse al bien común, como todo, exige un aprendizaje. De hecho, para dedicarse al bien común sin que te explote una vena en el cerebro, hay que tener un cierto control sobre las propias emociones. Es bueno que no te tiemble el pulso cuando te decidas a operar a corazón abierto. Ser emotivo está muy bien, pero a uno le puede llevar a cometer algunas imprudencias y errores, y además, es agotador. Vivir a todas horas emocionalmente la existencia, a uno le deja exhausto. Donar sangre inmediatamente después de una hecatombre en la ciudad podría parecer muy bueno, pero seguramente cree más problemas que ventajas ese arranque ciudadano y emocional tras ver las primeras imágenes del desastre en el telediario. Es mejor donar sangre una vez al año, por ejemplo. Dedicarse al bien común es tan emocionante, que uno debe actuar calmado. En esta parte de su nueva existencia le prometemos que jamás conocerá la palabra aburrimiento.

Lector de ¡Terrible!: ¿Qué estudiar para dedicarse al bien común?

Dominguet: Principalmente lo que te de la gana. Yo quería dedicar mi vida al humor y a su estudio una vez que muriera, y me diera por resucitar y comenzar a practicar el bien común. El humor es una buena herramienta contra la barbarie, para la mejora de la salud mental, física, y poder intervenir en política. Permite reconfigurar la ciudad utilizando el buen humor como el centro, y por tanto la amabilidad en el urbanismo. El humor conecta todas las disciplinas. Yo quería convertirlo en el eje vertebrador de la sociedad, teniendo la sensibilidad suficiente para que este, no llegue a convertirse en su contrario, es decir, en una pesadilla. En fin, el humor no tiene fin. 
















 
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