miércoles, 10 de octubre de 2012

Este pequeño objeto provocará la muerte del arte contemporáneo


Este es el aspecto de mi obra. Será más efectivo cuantas más galerías y museos de arte contemporáneo la compren. Pero el concepto de la obra no es tan solo acabar con el arte contemporáneo ni con el arte de una vez por todas, más que nada porque no existe, sino  la denuncia desenfada del interminable sufrimiento humano. 

La muerte del arte contemporáneo al alcance de los niños

La muerte del arte contemporáneo se aproxima. Llegará bajo la forma de un botón que al pulsarlo desintegrará a un hombre o mujer cualquiera, al azar. Quizá mientras se encuentre tomando un té.

Usted debe recordar que tras la aparición de la bomba atómica en escena, por primera vez en la historia, se desencadenó en todo el mundo una aversión radical a la guerra. Se iniciaron procesos de desarme y se enterró la fascinación popular por la guerra. Este pequeño proyecto de arte conceptual, el de un pequeño botón que al pulsarlo desintegre a un hombre en algún lugar del mundo, se propone reemplazar la angustia vital que supone encontrarse bajo la dictadura del átomo fuera de control por el odio de las masas hacia el arte moderno.

Una existencia sometida a la incertidumbre de que en cualquier momento un espectador anónimo pulse el botón que podría desintegrar en un solo instante a sus hijos o a sus mascotas, encenderá la ira  de las masas que se abalanzarán sin temor hacia los museos de arte que tengan entre sus fondos tan singular obra.

Antes de continuar deberé aclarar que las muertes que provocará esta pequeña obra al ser pulsada son despreciables, es un número insignificante con las víctimas que usted provoca cada vez que acciona el interruptor de la luz o arranca su automóvil y que generan instantaneamente guerras por el control y la apropiación del petroleo. Decir también que las desintegraciones que lamentablemente produce nuestra pequeña obra de arte conceptual se reparte aleatoriamente entre cada uno de los habitantes de la Tierra, sin hacer distinciones por edad, sexo, ideología, nacionalidad o religión. Mientras en las guerras del petroleo mueren siempre aquellas personas situadas en el estrato social más bajo, los muertos de mi pequeña obra de arte contemporáneo no hacen distinciones en la cuenta corriente ni en la accesibilidad a la cultura del desintegrado. Y aún más; esta pequeña obra no solo llevará a las masas iracundas a incendiar museos, y por tanto a destruir para siempre el arte, sino que su odio y su ira se dirigirá hacia las élites y las clases medias. Me explico. En una de mis visitas al Museo de Arte Contemporáneo Reína Sofía me adentré en una instalación donde el espectador  construía la obra. Se trataba de una encuesta donde el espectador declaraba a que clase social pertenecía. El resultado de esta obra no dejaba lugar a dudas: los visitantes del museo se situaban entre la clase media y la clase alta. Es de suponer por lo tanto, que aquellos que accionarán frivolamente el botón desintegrador pertenecerán a la clase media y alta. Y de la misma manera que las masas destruirán el arte, es posible que acaben con las clases. Incluso que se inmolen ellas mismas.


 
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