lunes, 3 de diciembre de 2012

El hombre que siempre caía por las escaleras

"follar contigo es como hacer el amor con la momia" -decía-


El hombre que siempre caía por las escaleras

Desde que tengo memoria siempre me he caído por las escaleras. Mi primer recuerdo cayendo por las escaleras fue ya en el suelo. Entonces era muy pequeño y unas señoras acudieron a socorrerme. Me dieron besos y mimos. Me dijeron cosas preciosas y me estrecharon contra sus pechos. 

Tengo que reconocer que mis caidas constantes por las escaleras me han procurado ciertos afectos. Más bien compasión. Aún hoy, a los cuarenta y cuatro años, todavía me sigo cayendo por las escaleras, sin embargo, el tiempo y la rutina han conseguido que perfeccione la técnica, hasta el punto, que caer por la escalera tan solo me produce algunas magulladuras y rasguños, y por lo general ya no me rompo ningún hueso.

Nunca he sobresalido en nada. No he sido alto, ni guapo, ni listo, ni inteligente, ni locuaz, ni atlético, así que la única manera de llamar la atención de las mujeres era la de tropezar y caer escaleras abajo. Ellas enseguida me entregaban un pañuelo para frenar la hemorragia cuando me rompía la nariz. Se preocupaban por mi y siempre me preguntaban como me encontraba. Si estaba bien. Esto no significaba que tuviera éxito con las mujeres, pero me producía cierto consuelo, cierta proximidad, y a veces me acompañaban a urgencias o a mi casa. Incluso alguna vez nos intercambiámos el número de teléfono. Podría haber pasado el resto de mi vida cayendo de escalera en escalera en busca de algo de cariño y afecto.

Jamás podré olvidar el día, en el que tras rodar escaleras abajo, apareció ella. No solo acudió en mi rescate, sino que además no paraba de reirse. Inmediatamente nos gustamos. Se enamoro de mi por como soy, es decir, por mis pequeños y constantes accidentes diarios. No tenía que hacer ninguna demostración intelectual ni gimnástica ante ella, tan solo encender un cigarro y quemarme las cejas y entonces, ya no paraba de reirse. "Hay que reirse al menos una vez al día"-decía- y conmigo se reía a todas horas. Era maravillosa. Le parecían muy simpáticos mis desastres cotidianos; que si me cortaba al afeitarme,  que si me mordía la lengua, que si me rociaba los ojos con el ambientador. No sentía vergüenza de mi patetismo permanente, más bien al contrarío, me presentaba a sus amigos con la esperanza de que ocurriera algo, dijera algo ridículo o fuera de lugar. Al final siempre se me derramaba la cerveza.  Ella lloraba de alegría.

No transcurrió mucho tiempo hasta que me propuso que nos fueramos a vivir juntos. Yo me atraganté. Ella lo tomo por un sí. Era un sí. Fueron los años más felices de mi vida. Yo continuaba cayendo por la escalera y ella se ría como si fuera la primera vez. A pesar de mis continuos accidentes y vendajes, durante el sexo, me decía " Follar contigo es como hacer el amor con la momia" y se reía. La risa relajaba sus músculos pelvianos y ella se entregaba apasionadamente, hasta que me caía de la cama.

Sin embargo no todo eran luces en nuestra relación, también existían sombras. Yo advertía que cada día estaba más guapa. Por cada golpe de risa su sistema inmunitario salía reforzado, se ejercitaban sus músculos faciales y abdominales, evitando la aparición de arrugas y manteniendo un abdomen y un cuerpo perfecto. Jamás enfermaba. Por otro lado yo me iba deteriorando cada vez más. A veces me partía una ceja, cojeaba, o me saltaba aceite hirviendo a la cara. Ella estaba preciosa. Paseábamos de la mano por la calle, ella juvenil y despreocupada y yo con mi collarín y mis muletas. Ella me decía que me quería por como era, aunque me rompiera los dientes, pero yo temía que algún dia me dejara de querer. Caí atrapado en un círculo en el que ya no pude salir. Para mantener su enamoramiento, no solo me caía por las escaleras, sino que me precipitaba por ellas conscientemente, encendía los cigarrillos al revés por hacer la gracia, me clavaba las espinas de las rosas adrede cuando trataba de arrancarlas, simulaba confundirme tomando pastillas de pentotal sódico en vez de aspirinas, incluso me duchaba con agua fría, todo ello con el fin de seguir gustándola. Ella se ría. Mi deterioro cada vez era más acusado. Ella siempre me lo decía una y otra vez "Te quiero por como eres" Pero yo había dejado de ser quién era.




 
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