martes, 24 de agosto de 2010

Hacia una monarquía mucho más chula



Y hasta que el Rey de nuevo cuño que propone Dominguet esté disponible en el supermercado, ¿qué ostias hacemos con este? O mejor, ¿qué hacemos con la cabeza de este señor?
Monarquía radical

La monarquía radical es una monarquía de nuevo cuño. No es hereditaria, sino aleatoria.

Ha muerto el Rey. Es ahí cuando el proceso se inicia: en un gigantesco bombo se introducen millones de bolitas con un nombre cada una. El bombo gira y sale una bolita. De la bolita se extrae el nombre del futuro Rey. Inmediatamente alguien recibe una llamada y se le comunica con estas precisas palabras su nuevo y sorprendente destino "Hola, ¿le apetece ser el Rey?". Este nuevo Rey no recibirá paga ni emolumento alguno. Su salario habitual será fruto de su trabajo habitual, de la indigencia, o del robo, según el caso. Se le abonará, eso si, el costo de los vuelos transoceánicos hacia reuniones al más alto nivel, pero una vez finalizada la cumbre el Rey deberá volver a la mina, la oficina, la fábrica o a solicitar algunas monedas a la entrada del Mercadona o la prisión. Su estética no estará protocolizada; podrá seguir usando su calzoncillo favorito y continuar grabando su pecho con sorprendentes tatuajes. No recibirá protección policial ni gozará de chofer particular. Creemos conveniente de que este nuevo rey tenga que desplazarse en bicicleta por Mandril, es decir, no tendrá acceso a coches oficiales. La casa real se resituará en el domicilio de toda la vida del rey, si lo tuviere. El nuevo rey deberá seguir pagando la hipoteca al banco durante los treinta y cinco años que le quedan por pagar. Su nuevo estatus no le compensará con privilegios. Cuando muera se le podrá incinerar junto a sus vecinos del bloque en su piso de lumpemproletario

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