sábado, 26 de octubre de 2013

El gran oráculo de Mandril

En las clases nocturnas para ser una sibila o un sibilo, alguien escribió algo en la pared


Sobre el oráculo

No hay acción que no escape de mis manos. Empecé por inventar un recetario, un librito de recetas para cuando uno tenía que tomar un camino al encontrarse en una encrucijada. Un camino que una vez tomado todo saliera bien.

Escribí el recetario con la mejor intención, pero sin darme cuenta inventé un nuevo medio. Lo que debería ser un sistema que permitiera tomar una decisión vital con más seguridad a cada cual, llevó a convertir a los mandrileños en una muchedumbre de hombres y mujeres aterrados siempre ante lo desconocido. El objetivo de mi recetario era no perder el tiempo. Me resultaba desagradable ver a los mandrileños aquí y allá, como hombres sin cabeza, tropezando, volviéndose a tropezar, buscando, encontrando. Seguir un camino por el sistema de ensayo y error, puede llevarnos varias vidas, y solo disponemos de una existencia.

Al principio los mandrileños utilizaban el recetario una o dos veces en su vida, ya saben, lo clásico; con quien deberían  irse a vivir y qué estudiar, pero no era suficiente, y las visitas aumentaron, así que me tuve que dejar barba. Venían a preguntarme cualquier cosa. Se formaban grandes colas frente a mi domicilio en busca de un atajo, yo les abría la puerta de mi casa y les entregaba unas notas que les escribía con mi propia letra, y en fin, toda su existencia cambiaba. Eso me daba un cierto poder. 

Es difícil atender a todos. No dispongo de mucho tiempo. Trato de aprovechar la mañana escribiendo un articulo para este periódico, escribiendo una comedia para el pueblo, estudiando historia del arte, entrenando para algún día poder participar en un maratón de cuarenta y dos kilómetros y morir fulminado a la llegada.  Por la tarde voy a mi trabajo de friegaplatos. En el poco tiempo libre que me queda abro la puerta del oráculo y descubro que hay mucha gente esperando. Algunos hacen noche, pero no puedo atenderles a todos, ya me gustaría. Así que he establecido una pequeña tasa para disuadir aquellos que vengan a preguntarme sobre lo frívolo y lo banal. También he incluido una sobretasa para que aquellos que más les urja, puedan adelantarse unos puestos en la cola. 

Sin embargo todo esto tenía que acabar. Empezaba a tener demasiada influencia social. Un día me llegó un telegrama del ministerio que se me exigía un certificado que acreditase mi preparación para entregar recetas a todo hombre perdido o despistado, pero yo no tenía ningún certificado, así que tuve que abandonar el recetario. 

Por lo menos se reguló el oráculo. Se impartieron clases nocturnas y se extendió un carnet de sibila que debía renovarse cada cinco años. Yo quería que los mandrileños no sintieran tanta ansiedad cada vez que tuvieran que tomar una decisión, pero ocurrió exactamente lo contrario. También se convirtió en un arma política, y las sibilas y los sibilos cambiaban de cara y de zapatos dependiendo de las mayorías parlamentarias. En cuanto a mi, perdí la afición por el oráculo, continúo en mi curre, y de vez en cuando, antes de que mi maginación quede sepultada por la edad y el trabajo asalariado,  planifico nuevos medios que trasformen la realidad y no puedan ser tan fácilmente recuperados por el poder o lo mercantil. Estoy en ello, pero no tengo demasiado tiempo.


 
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