viernes, 8 de junio de 2012

Cómo la privatización de una cocina pública es una guerra por el territorio y la conquista de hombres y mujeres

¡Guerra!

En este breve librito se explica como ganar la guerra

Guía básica para ganar la guerra por el espacio

Para invadir un espacio como la cocina donde curra Dominguet, se necesita al menos una cosa

Se necesita primero desvalorar el trabajo de los friegaplatos. Así nos encontramos que un friegaplatos cobra cuatro veces menos que por ejemplo, un grupo A de la misma empresa. Es decir, un friegaplatos vale cuatro veces menos. Para que valga menos una persona su trabajo tiene que ser despreciable. ¿Alguno de ustedes cree de verdad que el trabajo de un friegaplatos vale exactamente igual que el de un médico? ¿Y su vida?. Puestos a eliminar a alguien, ¿a quién sacrificaría usted primero, a un médico o a un friegaplatos? Este pensamiento se encuentra instalado en la mente de casi todos los hombres y mujeres de Mandril, izquierda y derecha,  friegaplatos incluidos, y por lo tanto, de esta manera se abre una brecha para la conquista de un espacio, en este caso estatal, desplazando la función pública de un lugar, así como a sus pobladores. Es decir; los friegaplatos públicos. Que alguien valga menos que otro, quiere decir en realidad que se le respeta menos, y una persona que no se la respeta, se puede hacer con ella lo que se quiera, por ejemplo, que valga cada vez menos. Que valgan cada vez menos las mujeres y los hombres (y se acepte generalizadamente) que ocupan una microgeografía, una cocina pública por ejemplo, permite muchísimas cosas, como la mercantilización del servicio, la destrucción de la transparencia democrática a través del proceso selectivo del personal, la supresión de la dignidad por medio de la eliminación de los empleados menos productivos, ya sea por edad o por salud, así como la instalación del miedo, la incertidumbre, y el acoso a la libertad de expresión. Que valga menos alguien permite la penetración ideológica de un espacio, su privatización, el despojo de los menos aptos según la lógica neoliberal.

Para conseguir que un lugar se convierta en un espacio para la ideología dominante hace falta una herramienta: un gobierno.

Están en guerra contra usted, es decir; contra mi. Es decir;  por el territorio, ya sea estatal, público o común y lo que contiene; sus bienes, y las interrelaciones plurales que se generan. La conquista de estos espacios por lo mercantil y el neoliberalismo, solo busca hombres y mujeres convertidos en menos hombres y mujeres, su aproximación a meros objetos,    su desvalorización, la conquista y el saqueo de los bienes comunes y públicos, y solo un tipo de interrelación basada en el valor económico.

Pero esta guerra por el territorio no está perdida. Es cierto que cada día nos encontramos con una nueva invasión, pero también, desde hace un año, las plazas se recuperan para la peñuqui y quedan disponibles diálogos fuera del marco monetario. Se ocupan espacios destinados para la especulación  y se abren para la creatividad popular o la realización personal, se recuperan solares que se convierten en huertos colectivos.  Asombrosos acontecimientos en la guerra por el territorio se encuentran apunto de revelarse ante nuestros ojos.

Y ahora solo nos queda saber una cosa: hay que luchar hasta el último milímetro. Ese último milímetro que nos devuelva otra vez ser personas. La plaza, el rio, la ciudad, la casa, el barrio, el bosque, el mar, el aire. Destruyamos todos los centros comerciales, destrocemos las barreras que nos impiden pasear por las anchas alamedas,  preparémonos para negarnos a pagar por un agua privatizada. ¡Conquistemos la tierra de nuevo!


 
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